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LA SAL DE LA VIDA

Una de mis ocupaciones favoritas de siempre ha sido observar a la gente. Sus caras, sus expresiones, su lenguaje corporal… no en plan cotilla ni freaky, simplemente disfruto quedándome a mirarlos cuando voy en el metro o estoy esperando a alguna amiga en un café.

 

Y es que me parece fascinante que de más de siete billones de personas que vivimos en el planeta todos y cada uno de nosotros tengamos una cara diferente. Puedes compartir rasgos, o incluso parecerte muchísimo a alguien de tu familia o a otra persona que no conozcas de nada. Puedes tener una hermana gemela idéntica. De hecho, yo creo en que todos tenemos un doble en el mundo pero a pesar de todo esto, seguimos teniendo un rostro único. Es como una edición limitada de cada uno de nosotros y es un pensamiento que me sigue maravillando cada vez que se me pasa por la cabeza.

 

En mis años de adolescencia, cuando pegué el estirón, mi fisonomía cambió casi de repente también. De tener unos rasgos infantiles y una naricilla de botón, pasé a heredar la nariz de mi abuelo con el tabique muy marcado.

 

Reconozco que me costó aceptar que esa nariz sería la que vería todos los días el resto de mi vida, no me gustaba nada. Tenía planeado hacerme una rinoplastia en cuanto pudiera…¡yo con esta nariz no me quedo, no me representa!

 

En el colegio me tocó sentarme al lado de una chica muy tímida y estudiosa. Estoy convencida de que mi tutora lo hizo para compensar un poco porque yo hablabla por los codos… bueno, la verdad es que en eso no he cambiado nada. A medida que fué avanzando el curso, cogimos mucha más confianza y un día le conté mis planes de operarme la nariz en un futuro. Me miró con la cara más expresiva que le había visto en todo el año y me dijo que tenía una nariz tan bonita y especial, que si la cambiaba que sólo lo hiciera después de haberla intentado querer como era.

 

Creo que fué en ese momento que empecé a entender que la belleza es una de las cosas más subjetivas que existen. Cierto que existen personas que son objetivamente bellas sin lugar a discusión pero incluso ellas (increíble pero cierto) poseen alguna característica con la que no están demasiado conformes.

 

A pesar de que finalmente no me operé la nariz y aprendí a quererla tal y como es, tampoco estoy en contra de las personas que llevan a cabo algún tipo de operación estética. Yo siempre abogo por la libertad a la hora de decidir, sobretodo si se trata de nuestro propio cuerpo, pero me gustaría pensar que todo el mundo que desea modificar su aspecto físico lo hace desde la convicción y el amor propio, nunca desde la inseguridad.

 

Yo a veces pienso que soy un poco rara porque las cosas y las personas demasiado perfectas me aburren. Prefiero mil veces un rostro asimétrico a uno de proporciones perfectas. Además, siempre he creído que las mujeres demasiado guapas tienen una responsabilidad muy grande y es que nadie les perdona envejecer ni deteriorarse igual que al resto. Algo que seguro que no envejecerá si la cuidas es tu personalidad, tus ganas de vivir y tu alegría… eso sí que es la auténtica sal de la vida.

 

En Japón existe una práctica llamada “kintsugi” que se trata de arreglar roturas o fisuras en piezas de cerámica con polvo de oro. No lo hacen únicamente con piezas muy valiosas si no también con una taza de desayuno o cualquier otro objeto de cerámica que tenga un valor sentimental para ti. Esta técnica forma parte de una filosofía que plantea las roturas y reparaciones como parte de la historia de un objeto. Al mostrar estas fisuras no sólo se embellece el objeto sino que también se muestra su historia y sus imperfecciones.

 

Sería precioso que todas pudiéramos pensar así acerca de nosotras mismas; como alguien bello a pesar (o gracias a) su historia y sus imperfecciones.

 

 

Y ya que te hablé de mi nariz y mi proceso de aceptarla como parte inherente a mi, me gustaría que me contaras tú también si existe alguna parte de tu cuerpo que has aprendido a querer y que no cambiarías por nada.

 

¡Escríbeme a hola@lamiuk.com y charlemos un rato!

 

O pregúntame acerca de rutinas, productos, ingredientes o lo que te apetezca, estoy aquí para escucharte.

 

Gracias por acompañarme una semana más.

 

Un beso,

 

Mónica

 

 

 

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